martes, septiembre 13, 2016

La magia de Kubo



Aunque hace una semana casi que vi la película, el buen recuerdo no se me acaba de ir. Reconozco que fui con la curiosidad y el entusiasmo de un niño, pues me parecía una película de estética preciosa e historia interesante. Algo que no suele jugar en favor de las películas, puesto que los tráilers tienden a mostrar demasiado de las historias y en ocasiones, lo mejor de la película. Pero debo reconocer que no me defraudó.
            A pesar de lo que pueda pensar uno acerca del Stop Motion, la película está tan bien lograda que apenas se da cuenta uno de ello. La mezcla con efectos especiales ayuda a sumergir al espectador en el film, dando la naturalidad que quizá esta técnica pueda carecer en un principio.
            He de confesar, querido lector, que no soy objetivo Kubo y la historia que cuenta me enamoró. No sólo su estética bien cuidada y la hermosura de todo el arte, además tiene historia con moraleja. Una historia que nos habla de esperanza hacia el ser humano. Habla de lealtad, bondad y el amor. Quizá la película a un público más adulto puede hacerse algo predecible, nada fuera de lo común en historias infantiles parecidas. No obstante, merece la pena.
            La banda sonora también es preciosa. La película transcurre despacio, quizá algo lenta, pero sin pausa, pues las buenas historias llevan un tiempo ser contadas. Todo tiene un porqué. Cada conversación, cada gesto recreado, cada lucha o cada palabra. En definitiva, una de las mejores películas de animación de estos últimos años. Una grata sorpresa para acabar un verano que en cuanto a estrenos de cine se refiere, ha sido bastante nefasto.

martes, septiembre 06, 2016

Las aguas del olvido



Hace ya mucho tiempo, en una lejana tierra, se encontraba un reino próspero. Era un lugar lleno de magia y misterio, en el cuál se decía que había riquezas para vivir esta y cien vidas más.
            Un día el reino fue encontrado y atacado. La familia real fue la primera en salir al paso a los invasores, perdiendo la vida. Sólo sobrevivió el joven príncipe de la dinastía, que al verse superado y presa del pánico corrió a palacio a refugiarse. Allí, cogió algunas monedas, una lámpara mágica y huyó por uno de los pasadizos secretos. Pasó días, meses, huyendo, recordando las muertes de sus familiares, recordando cómo no fue capaz de proteger a su pueblo ni a la gente que quería.
            EL príncipe deambulo, presa del dolor, el horror y el arrepentimiento que sólo la guerra deja. Pasó por otros pueblos sin encontrar la paz, conoció a otras personas que no lograron calmar su dolor, vio maravillas que no consiguieron llenar el vacío de su pérdida. Así que el príncipe pensó que lo mejor sería volver a exiliarse. Esta vez lejos de cualquier ser humano que pudiera hacer daño. No quería volver a luchar por aquello que quería y perder en el intento. Era algo que no podía perdonarse.
            Así pues, el príncipe deambuló durante semanas por el desierto. No tardó en gastarse el alimento y el agua. El calor, las condiciones externas y la tormenta destructiva de su interior acabaron por debilitar al muchacho, quien sin apenas fuerzas consiguió llegar a una cueva en unas montañas cercanas dentro del desierto. Allí, al observar todo lo que le quedaba, se dio cuenta que tenía la lámpara mágica.
            Tras llorar de emoción sin ser capaz de soltar lágrimas debido a su maltrecho estado, el joven frotó con las pocas fuerzas que le quedaban, hasta ver como de él salía un anciano. El anciano lo miró, pero no mostró expresión alguna. Al cabo de un rato habló:
            - Soy sirviente de la casa real durante generaciones. Sólo los miembros de la familia real son capaces de invocarme. Dime joven. ¿con quién tengo el placer de hablar?
            - Era el… soy. Soy el hijo más joven de mi padre. El último de la dinastía. He escuchado… historias sobre ti. Historias que hablan de tu magia. De que eres capaz de hacer cumplir la voluntad de aquel a quién te invoca.
            - Así es, joven amo. Último descendiente de la dinastía de su padre. Concedo los deseos que la voluntad de mis amos les permite tener.
            - Deseo… deseo recuperar mi reino. Mata y destruye a todo aquel que me arrebató a mi pueblo, a mi familia y seres queridos. Recupera sus almas y tráelas a la vida.
            EL anciano se movió en su sitio, mirando al chico de arriba abajo. Luego negó con la cabeza y se cruzó de brazos.
            - No funciona así. Lo siento.
            - ¡Soy tu amo! Haz lo que te ordeno.
El joven príncipe, desesperado, volvió a sollozar, repitiendo una y otra vez que su deseo era recuperar todo aquello que había perdido. El anciano se acercó y se sentó al lado del chico, comenzando a hablar despacio.
- No funciona así. Lo siento. No tengo el poder de cambiar el pasado. Esa es una magia que ni el más poderoso de los djinn es capaz de ejecutar. Tampoco soy capaz de alzar con vida a aquellos que ya han muerto. No poseo esa clase de magia.
El joven siguió llorando sin consuelo. Era su última oportunidad de recuperar aquello que había perdido y había sido en vano. Acababa de perder su última esperanza. No obstante, el anciano no se inmutó al aumento de los lloros y gritos desesperados de su acompañante. El genio siguió hablando.
- No obstante, tengo otro tipo de magia. Tus ascendentes me usaban para pedirme consejos. Decían que era una persona llena de sabiduría. Usaban mi inmortalidad para saber lo que había pasado en tiempos que el hombre ha olvidado. Pedían consejo y yo gustoso se lo daba. Mi magia es limitada. Y la cantidad de hechizos que puedo lanzar también es bastante reducida. Sólo puedo llevar a cabo cosas que influyan al propio amo.
El príncipe al escuchar aquellas palabras sosegó su llanto y levantó la vista para ver el rostro impenetrable del anciano. Se levantó, no sin esfuerzo de su sitio, y sin pensarlo demasiado comenzó a hablar.
- Entonces anciano, ayúdame a olvidar. El dolor de la pérdida se ha cebado con toda mi alma, ennegreciéndola. No puedo ya con el peso de mi propia incompetencia. Llevo años deambulando por el mundo, buscando el consuelo y la paz, pero no la he encontrado. Cada noche, los sueños y espíritus de aquellos que intenté salvar se me presentan para recordarme mis errores. Debo olvidar. Necesito encontrar la cura.
El djinn, tras incorporarse estuvo un tiempo sin hablar. Mirando fijamente a los ojos a su alteza. Finalmente, tras un silencio que pareció una eternidad. Habló.
- No es una buena idea, amo.
- ¿Qué dices? ¿No puedes hacerlo?
- Si, si puedo. Pero debo aconsejarte primero.
- No deseo tu consejo anciano. Tu no estuviste allí. No escuchas sus voces gritando, pidiendo auxilio cada noche. No sabes lo que es perder todo aquello que amabas. No eres capaz de hacerte una idea.
- He vivido más tiempo que la misma humanidad. Es cierto, no estuve allí, pero…
- No hay peros. Dijiste que tus hechizos afectaban únicamente a quien formulaba las peticiones. Y eso es lo que quiero. Quiero olvidar. Quiero encontrar la paz. ¡Dame lo que te pido!
- No es una buena idea, amo.
- ¡Haz lo que te ordeno!
El anciano, rebuscó entre sus ropajes sacando un frasco pequeño. En su interior, un líquido parecido al agua del mar brillaba con la fuerza de una estrella. Se la dio al príncipe, advirtiéndole.
-Esta es agua de una lejana estrella fugaz. Tiene la capacidad de hacer olvidar hasta el último recuerdo de cualquier humano que lo beba. Si buscas deshacerte de todo, si deseas acabar con lo que tienes en tu interior bebe de golpe. Sin parpadear. Acaba el brebaje en un solo trago. Solo entonces surtirá efecto. Pero te advierto, no es una buena idea.
El joven, anhelando la solución mágica, no prestó atención a las palabras del genio. Descorchó el pequeño recipiente y engulló su contenido. Sin parpadear. De un solo trago. Tras un breve momento de confusión. Cayó rendido. Durmiendo en el acto.
Su sueño fue largo y profundo, sin las pesadillas que le habían estado atormentando todo este tiempo. Al despertar vió al anciano, que hacía un petate, dispuesto a irse.
-    ¿Te vas?
-     Así es.
-   ¿Por qué?
-  Ya no tengo nada que me retenga.
-    Espera. Por favor. Debo hacerte unas preguntas.
El anciano no respondió. Pero se giró al joven, dejando de hecho su pequeño equipaje.
            - ¿Nos conocemos?
            - Sí.
            - Bien. Por favor… ayúdame. He olvidado quién soy.
            El genio sonrió suavemente, con un destello entre tristeza, compasión y arrogancia.
            -  Como dije, no era una buena idea.
            - ¿De qué hablas?
            - Hiciste un cambio. Olvidaste todo aquello que te atormentaba, pero no supiste ver que justamente eso de lo que intentabas huir era todo lo que te construía como persona. Ahora que has olvidado lo malo, también has borrado lo bueno. Pues en este mundo todo está relacionado.
            - ¿Qué cambio? ¿Qué hice? ¡Dímelo!
            - Sólo estaba obligado a servir a los descendientes de una familia real. Y esa familia ya no existe. Murieron. Tu deseo fue acabar de matarlos a todos. Ahora por fin soy libre.
            - Pero… yo… no recuerdo nada de lo que hablas. No… no le encuentro ningún sentido. Anciano, por favor. Dime quien soy. Te lo suplico.
            - Esa es ahora tu carga. Como te dije, los humanos vivís en un mundo dual, sin ser conscientes de ello. Todo tiene múltiples caras, la mayoría de las veces están relacionadas. Tu pediste olvidar porque no podías con la carga del pasado. Ahora pides recordar, pues no puedes con el peso del olvido. ¿Qué pasará cuando recuerdes? ¿Podrás con las cargas de tus nuevos actos? Jamás encontrarás la paz, pues el olvido nunca es una buena idea.
            Y dicho esto, el djinn cogió su petate y salió de la cueva en completa libertad.

miércoles, agosto 17, 2016

Liberado



Fue entonces cuando agarró el frío metal y comenzó la carnicería. Uno tras otro los cuerpos eran reducidos a mera carne triturada por su furia y rabia contenida durante todo el tiempo. Eran los mismos sentimientos los que empañaban su visión y no la roja sangre que comenzaba a empañar todo el lugar. Siguió adelante, con el mandoble en ristra, abriéndose paso entre todos los que con osadía se interponían en su camino. Llegaba a resultar hipnótica la facilidad de aquella espada para abrirse paso entre los cuerpos de sus adversarios. A pesar de haber matado a todos aquellos hombres seguía desgarrando y destrozando metal, cuero o carne. Daba igual la postura donde penetrara el tajo, o la resistencia que pusieran sus receptores. Nada parecía parar aquella vorágine. Era tal cruento el combate que los pocos guardias que quedaban huyeron despavoridos. Se limpió la sangre de los ojos, jadeante. Miró a su alrededor, buscando enemigos. Nunca miró atrás. Ni se fijó en el reguero rojo que había dejado a su paso. Sonrió levemente y soltó el acero. Al fin se había ganado su ansiada libertad.