lunes, junio 09, 2014

La república de los necios

Son tiempos extraños los que nos ha tocado vivir. En esta época dónde absolutamente cualquier cosa podría pasar pero hoy me gustaría hablar sobre el debate abierto... o reabierto en España sobre la monarquía, la república o cualquier otro tipo de estado de Gobierno.
            Hay muchas voces que claman argumentos a favor o en contra de lo que debería pasar en el país. Manifestaciones exigiendo referéndums, consultas virtuales, apoyos y debates en televisión sobre unos y otros, actos de censura y otras formas de controlar que el pueblo esté demasiado agitado. Si me preguntaran a mí... sinceramente, diría que es todo una completa gilipollez.
            Y no es que tenga una opinión al respecto. Pienso que los sistemas monárquicos son cosa de un pasado de represión y el mero hecho de estar con una figura anclada en el pasado nos impide avanzar hacia el futuro. No tengo muy claro el sistema de gobierno que se debería implantar pues actualmente creo que ninguno es bueno del todo. Cómo diría Platón quizá la república sería el sistema menos malo de todos, pero los filósofos griegos se tirarían de los pelos al ver lo maleada que está la política actual. Y es cierto que en la época clásica había verdaderos tiranos gobernando sobre el pueblo, como por ejemplo Nerón en Roma, Calipo de Siracusa y demás. Pero aún así, sabían el poder que tenía el pueblo. El pueblo sabía el poder que tenían y la clase política estaba comprometida, o solía estarlo en su mayoría, por mejorar el bienestar de sus ciudadanos. Por hacerse un hueco en la historia con sus actos y aclamado así por sus compatriotas.  Y así llegan a nuestros días nombres como Julio César, o Pericles. Hombres que fueron más que políticos. Que cambiaron el rumbo de sus respectivos países y los hicieron lucir un poco más fuertes.
            En cambio ¿Qué tenemos nosotros? Gente más preocupada en llegar al poder sin importar las formas. Ladrones de lo público, asesinos de la verdad, de la información y de las garantías sociales. Mentirosos de doble rasero y gente cuyo único fin es llenar bien los bolsillos a costa del trabajo de los demás. Lanzadores de responsabilidades arrojadizas y palabras envenenadas. ¿Y de verdad queremos darle más poder a esta calaña? ¿De verdad queremos una república gobernada por gente así? Yo desde luego que no. Y tacho de necios a todos aquellos que deseen ver aumentado el poder de esta gente aún más. Lo que este país necesita no es un rey, una reina o una república. Lo que este país necesita es un cambio de mentalidad. A veces volver sobre nuestros pasos y contemplar ejemplos pasados puede ser un buen modo de ver cuán perdidos estamos en el presente, y lo jodido que nos pinta en el futuro. Este país necesita gente incorruptible, gente humilde y sensata que no se le suba el poder a la cabeza. Gente con más frente que jeta para gobernar con cabeza y no bajo intereses propio, sino comunes. Gente valiente que se atreva a dar los pasos necesarios para cambiar esta situación, para reconducir las estrategias comunes a las necesidades de todos. A dejar a un lado favoritismos, amiguismos y familismos, que tanto se dan en la política actual. A tener en cuenta todas y cada una de las voces, a no discriminar ni tachar lo diferente o lo contrario a nuestras ideas. A dialogar respetando.

            Quizá, cuando llegué ese día, estemos preparados para afrontar una nueva república en este país. Mientras tanto... hay cosas más importantes de las que preocuparnos. 

sábado, junio 07, 2014

La caza


            El viento soplaba un día más entre los árboles del bosque como solo soplaba en aquella época del año: el otoño. El gélido aire de las primeras horas del día hacía que las hojas casi secas de los árboles crujieran, silbaran y susurraran dando más vida al bosque de lo que ya solía tenerla de por sí. Pues aquello estaba lleno de flora y fauna que vivía y habitaba con frecuencia aquellas tierras, en busca de la calidez y el confort que daba el bosque.  Pero aquella mañana era diferente. Algo en el viento se notaba... diferente. Un aroma extraño, suave, destilado, y casi imperceptible comenzaba a deambular por el bosque dando una sensación de intrusión no deseada en aquel santuario de paz. A simple vista no parecía que nada raro pasara por aquellas tierras. El sol iba ascendiendo en lo alto de las montañas, las aves comenzaban a levantar el vuelo en busca de presas y las criaturas del bosque empezaban sus ciclos de vida diurnos. Pero a cualquier criatura con un buen sentido del oído no era raro saber que había cambiado ese día en particular respecto a los otros. Las ramas caídas de los árboles, depositadas en el suelo al azar entre la cada vez menor maleza de aquél escenario natural, crujían y se rompían de una forma poco natural. De una forma que sólo un animal puede llegar a hacer: el ser humano. Entre los árboles y su vegetación se hallaban  varios hombres que vestían atuendos de camuflaje y se movían con sigilo, o al menos lo intentaban. Pero a pesar de sus aspectos rudos y sus equipos que denotaban profesionalidad, la forma de moverse por el entorno delataba que no eran más que cuatro aficionados que habían decidido ir a cazar allí. Se movían buscando de forma sistemática, buscando una presa. Por la forma de desplazarse, por la forma de buscar un rastro, de hablar entre murmullos y señas era de entender que aquello que buscaban ni debía de estar demasiado lejos. Olían el ambiente, miraban en troncos y ramas señales de algún indicio que les indicara que preciado trofeo andaba cerca. Que la pobre criatura había cometido algún error.
            El tiempo pasaba y el sol ya brillaba severo en lo más alto del cielo indicando a los habitantes del bosque que el mediodía había comenzado. La batida, cansada de una mañana de búsqueda infructuosa se dirigía hacia el bosque que dividía y nutría la foresta por la mitad. El explorador que iba adelantado se paró en seco e hizo un gesto brusco a sus compañeros. Los cazadores se pararon en seco y observaron allí dónde éste les indicaba. Cerca de la orilla del río, entre las aguas poco profundas del río se encontraban dos especímenes del animal que estaban buscando. Un macho y una hembra parecían beber y asearse en aquel tramo tranquilo del lecho fluvial. Tuvieron que contener los gestos de júbilo y regocijo conformándose a sonreírse entre ellos. Al final, el deseado momento había llegado. Uno de ellos levantó su rifle, apuntando a uno de los ejemplares. A estos animales se les podía distinguir su sexo a distancia, sabiendo que el que tuviera mayor pelaje solía ser el macho mientras que la hembra solía tener su pelaje más concentrado en zonas para usarlas de protección. La mirilla apuntó a la cabeza del macho. Por un momento, el bosque entero pareció detenerse. Durante un breve instante, ni los pájaros cantaban, ni los mosquitos zumbaban, ni los latidos de los tres hombres y el tirador parecieron escucharse. Hasta la respiración de los hombres y los animales pareció menguar durante ese breve periodo de tiempo en el cual el tirador apretaba el gatillo. Un momento de paz antes de que la explosión de la pólvora y su brutal estruendo sacara a todos del pequeño limbo donde se habían metido. Las aves en una hectárea a la redonda volaron presagiando la trágica estampa. El tiro había sido certero, la bala había entrado por el cráneo atravesándolo limpiamente, tiñendo el río del rojo de la sangre de la bestia. Los cazadores profirieron un grito de júbilo que ahogó el grito agónico de la otra presa al ver que su compañero había muerto. Ella fue rápida y salió corriendo, dejando que sus perseguidores maldijeran por su ineptitud.
            A partir de entonces fue todo muy precipitado. Los cazadores empezaron a seguir a la su presa, intentando no perderla de vista. Pronto la tupida maleza dejó a uno atrás mientras que el resto intentaba seguir las huellas y gotas de agua que iba dejando entre la maleza. Uno de los hombres se aventuró a realizar un par de tiros, probando fortuna desde la lejanía. Al cuarto tiro un sonido que clamaba dolor resonó entre las secas hojas de los árboles como si hubiera sido el lamento del cañón del rifle al disparar. Ahora ellos jugaban con ventaja. Ahora sabían que estaba herida. Sólo era cuestión de tiempo que sus fuerzas fueran manando de la herida cómo si fuera sangre. Sólo era cuestión de tiempo que se cansara de luchar, que se cansara de correr, de esconderse y se rindiera a sus perseguidores. Sólo era cuestión de tiempo.
            Pero el tiempo pasó rápido y no fue hasta casi la puesta del sol cuando los cazadores dieron con su presa. Peinaron gran parte del bosque buscando indicios de dónde se había escondido. De dónde había arrastrado su malherido cuerpo en busca de cobijo. Pero las manchas de sangre delataron su guarida. La falta de tacto para ocultarse, y el agotamiento extremo al que se había visto sometido hicieron que callera rendida en aquella madriguera entre las raíces de las grandes secuoyas. Los hombres encontraron al fin su presa, sonriendo y no dejando opción para la escapatoria. Uno de ellos sacó un teléfono móvil y comenzó a hablar:
            -Los hemos encontrado. Ella está herida y él se resistió y tuvimos que acabar con él. Sí señor. En seguida.

            Tras colgar el teléfono dio una señal a sus hombres y estos se abalanzaron sobre la mujer desnuda, herida e indefensa marcando en el bosque una historia más. Una historia sobre los animales que habitan este mundo cruel. Sobre cómo no hay piedad ni entre los seres de una misma especie. Al igual que las serpientes son capaces de comerse unas a otras, el hombre... es lobo del hombre. 

martes, marzo 25, 2014

Sólo soy un perdedor

                 Es lo primero que pienso cuando me paro a pensar seriamente sobre mí. Cada mañana me despierto de un mundo mejor del que estamos y miro mi reflejo viendo todas mis derrotas. Todos mis fracasos, todas mis decepciones. Todas aquellas cosas por las que luché, por las que creí que estaba obrando bien. Gente por la que aposté, gente por la que perdí. Me miro de arriba abajo, aún en ropa interior en el mejor de los casos y no logro verme el atractivo. Un tipo feucho, bajo, peludo, y lleno de cicatrices me devuelve la mirada y esa expresión triste en sus ojos. Esa expresión y esa cara que solo alguien acostumbrado a fracasar podría darte. Pero me fijo mejor. Cicatrices. Veo la gran cicatriz que atraviesa mi cuerpo, enroscándose en mi esternón, arañándolo una serpiente a una presa moribunda que espera su último aliento. Y no puedo otra cosa que sonreír. Pues esa cuándo veo eso no veo todo lo malo que he pasado. No recuerdo el dolor, la pena, la desesperación o la agonía que sólo la muerte es capaz de enseñarte. Veo un triunfo, una superación. Veo el trofeo de mi lucha constante contra la vida. Sigo avanzando, subiendo la mirada hasta darme cuenta que aquél tipo de alma triste ahora posé media sonrisa, mezcla de orgullo y arrogancia. Subo hasta aquellos ojos que cual pozos negros te hunden en la más absoluta negrura. A un abísmo de color ébano dónde podrían perderse hasta los más osados. Una sensación de profundidad, de desolación, de soledad recorre en ese momento mi espina dorsal hasta que veo algo. Una pequeña luz se entrevé al fondo. Un atisbo de un alma combativa se aparece, haciendo que aquello que era negro, ahora sea gris. Qué se torne de un color marrón oscuro que solo las cosas vivas pueden poseer. Y es que incluso en aquello que solemos ver cómo problema, muchas veces viene con una solución al lado que nuestros miedos no nos dejan ver. Observo su rostro. Cicatrices en la frente, de cuando era un crío y se calló de una verja de cabeza contra el suelo. Cicatrices en las muñecas, en el cuello, huellas imborrables de superación constante, de una lucha por un futuro mejor que el pasado que intenta dejar atrás. Y es imposible no volver la vista atrás y encontrarse con el dolor en su estado más puro. En la tristeza, en la desolación. En todas las cosas que el mundo guarda que son capaces de encoger de terror el alma de la persona más valiente. Pero la valentía sólo se demuestra cuando tenemos miedo. Cuándo estamos solos, perdidos y el instinto de supervivencia te sugiere renunciar, rendirte y correr. Huir de todo. Pero es sólo una trampa más que el mundo te pone para que fracases. Eso es sólo el engaño de aquello que parece insuperable, de que te has rendido antes de luchar. Por suerte yo no soy así. Hay una cosa que me caracteriza y quizá sea un poco absurda pero: Soy el guardián de las causas perdidas. Soy el luchador de todo aquello que parece imposible. Pues ya está bien de ver todo negro. Es cierto. Soy un perdedor. Me gusta sentirme solo, pues me siento arropado en la soledad. Sé que no soy el mejor en las cosas que hago. Qué hay mil tipos que hacen las cosas mejor que yo, con mejores oportunidades y esa pizca esencial de suerte que hace triunfar a las personas. Pero soy yo. Quizá sea sólo un hombre pero estoy dispuesto a revelarme contra la vida. Ese ser inconstante y permanente que nos lanza desafíos cada día. Qué nos humille, nos tortura, nos hace bulling cuando nosotros sólo queremos vivir tranquilos. Sí, puede que sea un perdedor, pero soy un perdedor que lucha. Qué se defiende de los abusos constantes que este mundo oscuro nos plantea cada día de nuestra vida. Y ya no sólo lucho por mí. No sólo lucho por el claro egoísmo que la raza humana me hace poseedor. Lucho por todos aquellos que un día apostaron por mí. Por aquellas personas que he decepcionado y decepcionaré. Por los que me quieren, por los que me apoyan y saben que sólo daré mi brazo a torcer cuando esté torcido y moribundo. Lucho por dar ejemplo de que se puede cambiar. Qué se puede luchar y conseguir cosas que a priorí parecían imposibles. Lucho con todo lo que tengo. Con toda la pasión, la fuerza. Con todo mi alma para superar cada adversidad que esta puta vida me pone a mi alrededor. Cada cicatriz, cada herida, cada marca que deja en mi piel mi existencia sólo me recuerda que aún no he ganado la guerra. Qué sólo soy un perdedor más en un mundo lleno de perdedores. Pero hay algo que la vida no sabe, ni se ha dado cuenta. Voy a seguir luchando hasta que mi alma expire. Hasta que mi cuerpo muera. Hasta mi último aliento. Pues, parafraseando al guión de una serie de televisión, esto no es más que la gran lucha entre la luz y la oscuridad. Cuándo elevamos la vista al cielo y vemos todo negro, nos damos cuenta que parece la oscuridad va ganando la batalla. Qué es imposible que la luz venza en ninguno de los casos. Pero si nos quedamos quietos, observando la oscuridad. Nos damos cuenta de que hay más estrellas en el cielo de las que pensábamos. Qué poco a poco el velo negro de la noche es un poco más colorido. Puede que esa lucha dure eternamente, pero a mi forma de ver, son las estrellas las que van ganando.

viernes, marzo 21, 2014

Feliz día de la poesía

              Pues sí amigos, hoy es el día internacional de la poesía y bueno, quiero rendir un homenaje con algo que he escrito para la ocasión. También deciros que la historia del detective Ironclaw se reanudará lo antes posible. Tuve un parón debido a una duda bastante grande sobre el camino a tomar en la parte final de la historia pero ya solucionadas mis dudas en cuanto tenga un poco de tiempo lo escribiré. Ahora os dejo con el poema. Disfrutar:

Balas de fuego, armas de plata;
Todo sirve para daros la lata.
El mundo agoniza, el hombre eterniza;
Nada queda más que cenizas.
Campos etereos, hombres de acero;
Todo es posible con el esmero.
Pero cuando todo enloquece, y desaparece;
La palabra se queda y permanece.

miércoles, marzo 19, 2014

Déjalo...

            Me echas de menos. Lo sabes. Todos estos años que pensabas que me habías vencido, que me habías desterrado de tu vida. Qué iluso fuiste. Iluso y osado. Había veces que pensaste que me habías absorbido. Qué me habías convertido en una parte de tu vida y que hasta podías permitirte el lujo de usarme a tu antojo y beneficio. ¿Me equivoco? Pero la realidad era diferente. Tendiste la mano a otra clase de personas. A otros sentimientos que poco a poco te fueron carcomiendo por dentro. Esa clase de sentimientos a los que ni tú ni yo estamos hechos. Y ahora... mírate. ¡Qué cosa más patética te has convertido! Intentas proteger a gente que dices que te importa sabiendo que jamás podrás protegerlos a todos. Qué no podrás ayudarlos. Qué llegará un momento que ellos mismo sean la causa de su propia destrucción. ¿Y sabes que harás? Te echarás en cara no haber sido mejor. No haber estado ahí para ellos cuando en verdad si estuviste. Te echarás en cara no ser un dios.
            Déjalos. Déjalo. Esa faceta tuya de héroe no va contigo. Jamás podrás protegerlos a todos. Jamás podrás aguantar que se te use a sabiendas de que eres usado. Sabes que en el fondo, no va contigo. Y has superado tu límite varias veces desde que me desterraste. En ese aspecto hasta estoy sorprendido de lo gilipollas que has podido ser. Me decepcionas, cómo has decepcionado a tanta gente que ha tenido el dudoso placer de conocerte. Pero aún así sigues ahí. Luchando a viento y marea. Capeando el temporal malherido, sangrante, y sólo aún estando rodeado de gente. Jamás encontrarás lo que buscas. Y a tu réplica actual. Jamás merecerá la pena. Déjalo. Tanto tú cómo yo sabemos que tienes la sombra de un pasado que se repetirá hasta acabar contigo. ¿Cuántas veces crees que podrás vencerlo? ¿Crees que puedes ganar una guerra de desgaste con el tiempo? ¿Acaso te has vuelto tan necio? Déjalo. Me deseas. Y lo sabes. Sé que quieres lo que te ofrezco. Sé cuál es tu precio y estoy dispuesto a superarlo. Pero ya sabes que quiero a cambio. Y lo quiero sin condiciones. Ya conseguiste derrotarme en el pasado y si vuelves a caer en mis brazos te lo pondré extremadamente difícil para que los abandones otra vez. Olvídate, sé que hiciste cosas imposibles en el pasado. Sé tus hazañas cómo si las hubiera hecho yo mismo pero es hora de que te rindas. Qué pienses con la razón y dejes de sacar fuerzas de ese músculo muerto que tienes tras tu caja torácica. No sirve. Es lo que nos hizo conocernos. Y es hora de que dejes de impulsarte por algo roto.

            Déjalo, y volvamos a ser uno. 

domingo, marzo 02, 2014

Que jodida es la vida...

Es jodido ser escritor, la verdad. O al menos sentirse como tal. No penséis que lo digo a modo de autocompasión, ni nada por el estilo. Simplemente es así. Nosotros tenemos la necesidad, de escribirlo todo, de expresarnos correctamente. Nos sentimos jodidamente impotentes cuando buscamos palabras para una sensación y no logramos captar al 100% esa sensación. Hay muchas cosas que hay que vivirlas para saber de que se hablan y esa es justamente una de nuestras desventajas: la vida. Porqué la vida es muy puta en la mayoría de las ocasiones. Nos arrastra, nos golpea, nos lleva por dónde ella quiere sin darnos explicaciones, muchas veces haciéndonos creer que en verdad somos dueños y señores de nuestro propio destino cuándo en realidad no es así. Nos hace amar, sentir, creer, ilusionarnos para que todo aquello por lo que un día luchábamos se vaya a la mierda. Se desvanezca más allá del tiempo y del espacio. Para separarnos de nuestras metas, para hundirnos y alejarnos de lo que alguna vez anhelábamos. Y creo que no hay nadie en este mundo que me pueda decir sin mentirme que estoy equivocado. Ahora imaginad que estáis pasando por uno de esos momentos en los que sientes demasiadas cosas de las cuales más de la mitad no desearías sentir. Qué estás anhelando algo de cariño, de afecto. Qué necesitas una mano amiga que te mienta diciendo que todo va a ir bien, que las cosas van a mejorar. Unos brazos que te ofrezcan confianza, que te consuelen y te hagan ver que aún dentro del pozo de roña en el que te encuentras, estás agarrado a una cuerda. Que la mierda que casi no te deja respirar no será el fin de tus días. Imaginad que en esos momentos en que apenas puedes ver y pensar con claridad, en que actúas por impulsos llevado por emociones demasiado intensas, tenéis la imperiosa necesidad de escribirlo. De dejar constancia de ello. De transcender. Te olvidas de todo, intentas distanciarte de todo aquello que se te está clavando en la piel y lo analizas. Lo condensas. Lo vuelves a sentir de una forma multiplicada para poder escribir exactamente lo que sientes. Para qué, cuándo otra persona, de forma furtiva o no, lea aquello que estás escribiendo sea capaz de ponerse en tu lugar. De sentir aquello que te impulsó a escribir eso. A transmitirlo con la misma pasión, la misma fuerza, el mismo dolor, rabia, amor, ira, impotencia desesperación... ¡LO QUÉ SEA! Que hizo que te sintieras así y asienta con la cabeza pensando... joder... le entiendo. Lo siento cómo mío. Qué sea capaz ya de eso es un trabajo duro de cojones. Por qué pensar, muchas veces no somos capaces de expresarnos, de hacernos entender con cosas cotidianas y sencillas. ¿Cómo hacemos para transmitir todas esas emociones? Es ahí donde reside la magia del escritor. Ese algo que nos hace diferentes. Porqué, con perdón, todo el mundo puede escribir bien si se lo propone. Nos enseñan para eso. Todos sabemos escribir bien, no cometer faltas, y todas esas cosas. Pero... ¿cuántas personas son capaces de hacernos sentir? ¿De acelerarnos el pulso con unas cuantas palabras? ¿De hacernos llorar con un réquiem o con un monólogo? ¿De enamorarnos con una poesía o con la letra de aquella nuestra canción? La respuesta la tienes en la punta de tu lengua. Aún así... no os recomiendo esta vida. Está llena de desilusiones, de amarguras, de sentimientos demasiado intensos y de momentos poco relevantes. De impotencias cuando quieres contar algo y el folio en blanco te vence la partida. De frustraciones cuando no ves que la inspiración quiera volver a fijarse en ti cada noche. De rabia cuando se te ocurre una gran idea y no tienes un sitio dónde apuntarla, o el empeño de seguir adelante con esa novela, ese libro, esa historia que antaño empañó los cristales de tu día a día. La vida de un escritor es bastante inestable, llena de trampas, de desilusiones, de esperanzas y de puertos que no llevan a ningún fin. En definitiva, es una vida muy puta porque en su gran mayoría, solo son el reflejo de lo que nuestra alma enturbiada esconde.

domingo, febrero 02, 2014

La teoría del odio


            Si no te has dado cuenta, vivimos en un mundo cruel. Un mundo injusto dónde debes joder para ser respetado. El miedo, la ira, la injusticia social reina allá donde vayamos como un astro en el cielo, duro, cruel, e insaciable. Muchos de los que leéis estas líneas estoy seguro que habéis sufrido hace poco. Habéis experimentado en primera persona las cosas que jamás creeríais que sucederían: seres queridos que os acaban de traicionar, personas amadas que dejan de sentir lo mismo que vosotros sentís, acontecimientos en la vida que os joden planes de futuro a los que lleváis aspirando toda la vida. Y estas desagradables experiencias suelen dejar un hueco inmenso en el alma. Algo que entristece nuestra propia existencia solo por el mero hecho de estar ahí. Algo que en muchas ocasiones te va carcomiendo nuestro interior hasta que sin darnos cuenta nos ha sumergido en eso que los médicos llaman depresión.
            Es comprensible intentar rellenar ese vacío con algo. Hay gente que lo puede rellenar de otras cosas. Personas que se hacen adictos a sus trabajos, sus estudios, a todo aquello que les evada de pensar que tienen algo ahí. Algo oscuro, inquebrantable. Algo ponzoñoso que tenemos clavado dentro. Y para muchos, el no pensar en ese agujero les sirve. Pueden seguir con sus vidas tranquilamente, cómo si eso que destroza su ser no existiera. Otras personas intentan rellenar el vació con aquello que ha generado esa rotura. Amor para el desamor. Confianza para la traición. En general, buscar más de lo mismo por si esta vez no sale tan malo. Quizá funcione, quizá no. Depende de la intensidad de lo perdido, del dolor de lo sufrido y de la aportación de aquello nuevo que hemos encontrado. No siempre sirve, pues puede que tu nueva pareja no te llene tanto cómo lo hacía la anterior. Puede que la persona que has depositado tu confianza no tenga el mismo privilegio que la persona que te traiciono. Estas son pues soluciones parciales muchas veces. Parches y tiritas para una herida que no suele cicatrizar.
            Pero hay algo infalible para solucionar todo eso. Algo que llena y reconforta tanto como aquello que se nos fue arrebatado. Ese algo es el odio. Esto puede malinterpretarse, pero déjame que termine. El odio es un sentimiento que puede ser considerado "malo" por todo lo que suele generar. Pero el odio, como cualquier otro sentimiento, puede ser controlado. Y más este odio que generamos de la nada para llenar esos vacios del alma. Al igual que las pilas, cada sentimiento tiene una parte positiva y otra negativa, y lo que suele provocar esas brechas en nuestro interior tienden a ser positivas. El odio es intenso, cálido. Nos hace hervir la sangre, nos reconforta el alma y nos deja obnubilados, apartándonos de los males y centrándonos en un solo objetivo. Condensa lo disperso, focaliza las cosas clave y lo más importante, destruye. Destruye ese clavo ardiente que nos perfora nuestras entrañas. Destruye los antiguos sentimientos que nos hacen daño. Destruye, y aquí está el riesgo. Es más fácil odiar que amar, es más fácil odiar que confiar. Lo difícil es dejar de hacerlo a tiempo, antes de que nos autodestruya convirtiéndose en obsesión. Es arriesgado sabiendo que puedes llegar a odiar eternamente a personas a las que amaste en el pasado pero si logras parar a tiempo. Si consigues darte cuenta que todo eso que estas generando, que el pus y la rabia del odio son solo cosa de tu imaginación, te sentirás reconfortado. La paz y la calma volverán a tu interior y por fin, podrás empezar de nuevo.