domingo, marzo 02, 2014
Que jodida es la vida...
Es jodido ser escritor, la verdad. O al menos
sentirse como tal. No penséis que lo digo a modo de autocompasión, ni nada por
el estilo. Simplemente es así. Nosotros tenemos la necesidad, de escribirlo
todo, de expresarnos correctamente. Nos sentimos jodidamente impotentes cuando
buscamos palabras para una sensación y no logramos captar al 100% esa
sensación. Hay muchas cosas que hay que vivirlas para saber de que se hablan y esa
es justamente una de nuestras desventajas: la vida. Porqué la vida es muy puta
en la mayoría de las ocasiones. Nos arrastra, nos golpea, nos lleva por dónde
ella quiere sin darnos explicaciones, muchas veces haciéndonos creer que en
verdad somos dueños y señores de nuestro propio destino cuándo en realidad no
es así. Nos hace amar, sentir, creer, ilusionarnos para que todo aquello por lo
que un día luchábamos se vaya a la mierda. Se desvanezca más allá del tiempo y
del espacio. Para separarnos de nuestras metas, para hundirnos y alejarnos de
lo que alguna vez anhelábamos. Y creo que no hay nadie en este mundo que me
pueda decir sin mentirme que estoy equivocado. Ahora imaginad que estáis
pasando por uno de esos momentos en los que sientes demasiadas cosas de las
cuales más de la mitad no desearías sentir. Qué estás anhelando algo de
cariño, de afecto. Qué necesitas una mano amiga que te mienta diciendo que
todo va a ir bien, que las cosas van a mejorar. Unos brazos que te ofrezcan
confianza, que te consuelen y te hagan ver que aún dentro del pozo de roña en
el que te encuentras, estás agarrado a una cuerda. Que la mierda que casi no te
deja respirar no será el fin de tus días. Imaginad que en esos momentos en que
apenas puedes ver y pensar con claridad, en que actúas por impulsos llevado por
emociones demasiado intensas, tenéis la imperiosa necesidad de escribirlo. De
dejar constancia de ello. De transcender. Te olvidas de todo, intentas distanciarte
de todo aquello que se te está clavando en la piel y lo analizas. Lo condensas.
Lo vuelves a sentir de una forma multiplicada para poder escribir exactamente
lo que sientes. Para qué, cuándo otra persona, de forma furtiva o no, lea aquello
que estás escribiendo sea capaz de ponerse en tu lugar. De sentir aquello que
te impulsó a escribir eso. A transmitirlo con la misma pasión, la misma fuerza,
el mismo dolor, rabia, amor, ira, impotencia desesperación... ¡LO QUÉ SEA! Que hizo
que te sintieras así y asienta con la cabeza pensando... joder... le entiendo. Lo
siento cómo mío. Qué sea capaz ya de eso es un trabajo duro de cojones. Por qué
pensar, muchas veces no somos capaces de expresarnos, de hacernos entender con
cosas cotidianas y sencillas. ¿Cómo hacemos para transmitir todas esas
emociones? Es ahí donde reside la magia del escritor. Ese algo que nos hace
diferentes. Porqué, con perdón, todo el mundo puede escribir bien si se lo
propone. Nos enseñan para eso. Todos sabemos escribir bien, no cometer faltas,
y todas esas cosas. Pero... ¿cuántas personas son capaces de hacernos sentir? ¿De
acelerarnos el pulso con unas cuantas palabras? ¿De hacernos llorar con un réquiem
o con un monólogo? ¿De enamorarnos con una poesía o con la letra de aquella
nuestra canción? La respuesta la tienes en la punta de tu lengua. Aún así... no
os recomiendo esta vida. Está llena de desilusiones, de amarguras, de sentimientos
demasiado intensos y de momentos poco relevantes. De impotencias cuando quieres
contar algo y el folio en blanco te vence la partida. De frustraciones cuando
no ves que la inspiración quiera volver a fijarse en ti cada noche. De rabia
cuando se te ocurre una gran idea y no tienes un sitio dónde apuntarla, o el
empeño de seguir adelante con esa novela, ese libro, esa historia que antaño
empañó los cristales de tu día a día. La vida de un escritor es bastante
inestable, llena de trampas, de desilusiones, de esperanzas y de puertos que no
llevan a ningún fin. En definitiva, es una vida muy puta porque en su gran
mayoría, solo son el reflejo de lo que nuestra alma enturbiada esconde.
domingo, febrero 02, 2014
La teoría del odio
Si
no te has dado cuenta, vivimos en un mundo cruel. Un mundo injusto dónde debes
joder para ser respetado. El miedo, la ira, la injusticia social reina allá
donde vayamos como un astro en el cielo, duro, cruel, e insaciable. Muchos de
los que leéis estas líneas estoy seguro que habéis sufrido hace poco. Habéis
experimentado en primera persona las cosas que jamás creeríais que sucederían:
seres queridos que os acaban de traicionar, personas amadas que dejan de sentir
lo mismo que vosotros sentís, acontecimientos en la vida que os joden planes de
futuro a los que lleváis aspirando toda la vida. Y estas desagradables
experiencias suelen dejar un hueco inmenso en el alma. Algo que entristece
nuestra propia existencia solo por el mero hecho de estar ahí. Algo que en
muchas ocasiones te va carcomiendo nuestro interior hasta que sin darnos cuenta
nos ha sumergido en eso que los médicos llaman depresión.
Es
comprensible intentar rellenar ese vacío con algo. Hay gente que lo puede
rellenar de otras cosas. Personas que se hacen adictos a sus trabajos, sus
estudios, a todo aquello que les evada de pensar que tienen algo ahí. Algo
oscuro, inquebrantable. Algo ponzoñoso que tenemos clavado dentro. Y para
muchos, el no pensar en ese agujero les sirve. Pueden seguir con sus vidas
tranquilamente, cómo si eso que destroza su ser no existiera. Otras personas
intentan rellenar el vació con aquello que ha generado esa rotura. Amor para el
desamor. Confianza para la traición. En general, buscar más de lo mismo por si
esta vez no sale tan malo. Quizá funcione, quizá no. Depende de la intensidad
de lo perdido, del dolor de lo sufrido y de la aportación de aquello nuevo que
hemos encontrado. No siempre sirve, pues puede que tu nueva pareja no te llene
tanto cómo lo hacía la anterior. Puede que la persona que has depositado tu
confianza no tenga el mismo privilegio que la persona que te traiciono. Estas
son pues soluciones parciales muchas veces. Parches y tiritas para una herida
que no suele cicatrizar.
Pero
hay algo infalible para solucionar todo eso. Algo que llena y reconforta tanto
como aquello que se nos fue arrebatado. Ese algo es el odio. Esto puede
malinterpretarse, pero déjame que termine. El odio es un sentimiento que puede
ser considerado "malo" por todo lo que suele generar. Pero el odio,
como cualquier otro sentimiento, puede ser controlado. Y más este odio que
generamos de la nada para llenar esos vacios del alma. Al igual que las pilas,
cada sentimiento tiene una parte positiva y otra negativa, y lo que suele
provocar esas brechas en nuestro interior tienden a ser positivas. El odio es
intenso, cálido. Nos hace hervir la sangre, nos reconforta el alma y nos deja
obnubilados, apartándonos de los males y centrándonos en un solo objetivo.
Condensa lo disperso, focaliza las cosas clave y lo más importante, destruye.
Destruye ese clavo ardiente que nos perfora nuestras entrañas. Destruye los
antiguos sentimientos que nos hacen daño. Destruye, y aquí está el riesgo. Es
más fácil odiar que amar, es más fácil odiar que confiar. Lo difícil es dejar
de hacerlo a tiempo, antes de que nos autodestruya convirtiéndose en obsesión.
Es arriesgado sabiendo que puedes llegar a odiar eternamente a personas a las
que amaste en el pasado pero si logras parar a tiempo. Si consigues darte
cuenta que todo eso que estas generando, que el pus y la rabia del odio son
solo cosa de tu imaginación, te sentirás reconfortado. La paz y la calma
volverán a tu interior y por fin, podrás empezar de nuevo.
martes, enero 21, 2014
La evolución humana
La
verdad es que las cosas no son como eran antes. Para bien o para mal el mundo
cambia. Evoluciona dejando una estela de destrucción, caos y cambio a su paso.
Pero... ¿Es eso malo? ¿Es malo seguir evolucionando?
Mi
opinión es que depende. Quizá sea la respuesta más fácil de todas pero es la
verdad. Depende sobre todo si la evolución es controlada por nosotros, o nos
controla dicha evolución. Pongamos por ejemplo la sociedad actual. Necesito ser
optimista con la sociedad actual. Con las personas más jóvenes que yo que les
ha tocado vivir esta época tan incierta en la que vivimos. Pero la verdad es
que cuando veo a mi alrededor, es poco alentador lo que veo. Me parece ver que
una mayoría tiene sueños, ilusiones, esperanzas por mejorar sus vidas.
Soñadores atrapados por el cruel yugo que es la vida real. Es cierto que
también hay personas que no sueñan, ni creen en nada, ni tienen ilusiones más
allá del capitalismo más salvaje al que nos ha conducido la sociedad. Pero este
mensaje no va dirigido a aquellos borregos dóciles. Sino a ti, que estás
leyendo este mensaje y te sientes... y sientes. A secas. Que puedes sentir que
estás de acuerdo, que puedes sentirte de malhumor porque te acabo de insultar o
incluso a ti que estás confuso pues no sabes cómo sentirte. El mensaje va a
todas aquellas personas que son capaces de soñar. Que tienen metas que piensan
irreales en sus mentes y que no luchan cómo deberían por ellas. O directamente
que no luchan.
¿Qué
es el miedo? El miedo es aquello que nos hace fracasar. El miedo es la
prudencia hacia lo desconocido. Es esa vocecita aguda que nos pilla en nuestra
cabeza, no lo hagas, no te acerques, no. En general el miedo es lo que veo en
la mayoría de vosotros. Miedo al fracaso. Miedo al rechazo. Miedo a vivir, a
sentir, a dejarse llevar por las emociones, por sueños e ilusiones, por
esperanzas. El miedo es uno de los mayores males de nuestra vida. Es aquello
que nos impide arriesgarnos por las cosas o por las personas que queremos. Quizá
no esté de malo preguntarnos... ¿Cuántas cosas hubieran salido si no hubiéramos
tenido miedo? ¿Cuántas parejas ahora mismo tendrían una relación? ¿Cuántos
premios nobel se hubieran cambiado porque alguien venció el miedo a estudiar
aquello que quería pero que no se veía capaz? ¿Cuántas cosas que desconocemos
hubieran salido de la mente de personas ahora anónimas porque superaron el
miedo a hacerlas realidad? El mundo sería un lugar diferente si no hubiera un
miedo. La gente lucharía por lo que querría y en la mayoría de esos casos
saldrían ganando en la lid. Estoy convencido de ello.
Pero
no es el miedo el único de nuestros males. El egoísmo también lo es. No creo
que esté mal ser un poco egoístas en esta vida. Pensar por lo que queremos, y
luchar por ello sin importar las consecuencias. Eso está claro. Pero si está
mal hacerlo sin tener en cuenta a las personas de nuestro alrededor. Está mal
cuando pisas a alguien, lo humillas y lo hundes, para salirte con la tuya. La
competitividad es sana cuando se juega con las mismas condiciones, sin rencores
o tretas ocultas. Pero no suele ser así. Las mascaradas son hoy parte de
nuestro día a día. Vamos a un sitio, con un grupo de personas y ponemos una
faceta nuestra, inventada o no, pero son a pocas personas a las que se les
muestra el conjunto. Los trozos enteros de nuestras máscaras hasta formar el yo
que nos define. Y es que lectores, la sociedad actual es individualista a más
no poder. Un ejemplo de ello son las fechas de las fiestas. Sobre todo la
Navidad Cristiana. ¿Cuántas son las personas que vemos en esas fechas a las que
no hemos sido capaces de llamar, enviar un mensaje para preocuparnos por ellos
durante todo el año? ¿De verdad alguien va a creer que nos importan? ¿Qué les
importamos una mierda? Y es que el individualismo egoísta de la sociedad es más
visible en esos momentos, cuando por compromiso, quedas con alguien al que no
quieres ver el resto del año. No hay que ayudar esperando algo a cambio, ni hay
que hacer las cosas por esperar una recompensa. Debemos evitar hacer algo por
la comunidad con el pretexto que la comunidad no hace nada por nosotros.
Tampoco cuesta nada enviar un mensaje a esa persona que echas de menos de vez
en cuando. Qué no tengas miedo de preocuparte por viejas amistades a las que el
tiempo y la distancia jubilaron.
Pero
quizá nos hemos topado con otro de los pilares fundamentales del mal de nuestra
sociedad: la sinceridad. Muchas personas hacen las cosas a regañadientes, con
mala cara solo por el qué dirán. Porque están obligados a convivir con otras
personas con las que no maridan, porque no se atreven a decir que no, a mandar
a la mierda a aquellos seres humanos que son molestos. ¿Por qué cuesta tanto
decir que no quieres hacer algo? ¿Por qué va a estar mal visto decir o expresar
lo que se piensa? Si no soportas a alguien ¿Por qué esta mal decir, no me caes
bien? Es otro de los fallos fundamentales de la sociedad, no ser sinceros.
Sería todo tan sencillo si la gente fuera con la verdad por delante. Pienso que
nuestras vidas mejorarían enormemente. Sabríamos que regalar en cumpleaños y
fiestas. Evitaríamos perder el tiempo viendo películas que sabemos de antemano
que no nos gustaran solo por ir a acompañado por personas con gustos diferentes
a ti. Y podría seguir enumerando cosas que se mejorarían con la sinceridad. No
digo todo esto porque tema la mentira, todo lo contrario. Por si aún no te has
dado cuenta, querido lector, soy un escritor. Y cómo la mayoría de escritores
fundamentamos nuestras historias en cosas que no son verdad, o cuya verdad está
a medias. Creamos cosas de la nada, inventamos, damos vida, la arrebatamos,
hacemos sufrir a personas por placer. Pero nos gusta. No tenemos que pedir
perdón porque todo a lo que dañamos, todo lo creado, todo lo que estás leyendo
ahora mismo, es una gran mentira. No obstante, la sinceridad es clave para
mejorar la relación entre las personas. Las mentiras están bien, no duelen,
muchas veces son invisibles a nuestros ojos pero no puedes actuar contra algo
que no existe. Muchas verdades duelen, hacen daño, nos hacen tambalear los
pilares de nuestro mundo interior haciendo peligrar gravemente nuestras vidas.
Pero son reales, y aún no ha nacido problema que no podamos solucionar.
Por
este tipo de cosas digo que la evolución depende. ¿Quieres seguir evolucionando
sin ser consciente de todo lo que pasa a tu alrededor, engañándote con
mentiras, atemorizado por el miedo a soñar, absorbido por uno mundo social que
solo te usará para mantener vivo un sistema? Adelante, eres libre de hacerlo. Yo
por el contrario, sigo chapado a la antigua. Evoluciono a un ritmo diferente,
anticuado, dónde los sueños van de la mano de mis acciones. Donde miro antes
por los seres que quiero antes que por mí mismo. Una forma de evolución en la
que digo lo que pienso sin esperar un comentario de aprobación, una palmadita
en la espalda o el incentivo de una retribución económica.
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Rayadas nocturnas de Jv,
Reflexiones en voz alta
sábado, enero 04, 2014
Año nuevo...
...cosas viejas. Y efectivamente a veces cuando avanza el tiempo miramos hacia atrás y descubrimos cosas buenas. Y... eso me ha pasado a mi esta noche. Indagando por los baúles de los proyectos que se perdieron un día en mi memoria he rescatado algo que me ha parecido bastante motivante. En principio la historia estaba concebida para que fuera un cortometraje pero... releído y analizado me parece que tiene el potencial para hacer un libro bastante interesante. Trabajaré en él lo que me queda de vacaciones, y en el transcurso de ambos cuatrimestre, donde la magnifica gestión de la universidad nos vuelve a dar casi una quincena sin clase. Pero bueno.. ya se sabe lo que pasa con los propósitos de año nuevo.
De todas formas os pongo lo que escribí en el 2008, la sinopsis del que quizá sea mi siguiente libro:
De todas formas os pongo lo que escribí en el 2008, la sinopsis del que quizá sea mi siguiente libro:
"Helia, madre vampira de un poderoso clan de no muertos intenta expandir sus
dominios a todo el planeta gracias a un artefacto mágico de la era de
Cleopatra. Ese amuleto esta en posesión de Anja, una joven maga post-sovietica
que impedirá por todos los medios que el amuleto caiga en manos vampíricas.
Pero no esta sola, un misterioso cazarrecompensas la seguirá de cerca. ¿Cuál de
ellos acabara por poseer la preciada gema y hacerse con el control del plantea?"
jueves, noviembre 28, 2013
El discurso
—Dicen que la locura es un estado
de privación de la razón, dónde se te nubla el juicio y eres incapaz de pensar
con claridad pero… ¿Acaso no puede ser un nuevo enfoque? ¿No se ha llamado
locos a todos aquellos inventores y visionarios que una vez apostaron por sus
ideas? Genios, visionarios, gente con opiniones distintas a lo socialmente
establecido en ese momento que se permitió el lujo de ir contra corriente. ¿Y
acaso alguno de ellos pudo decir que no mereció la pena? Sócrates, Maquiavelo,
Voltaire, los hermanos Lumière, Einstein o Ramón y Cajal fueron unos de tantos
genios que aportaron algo a nuestro tiempo, pero que no siempre fueron bien
vistos por sus contemporáneos. ¿Y acaso contemplamos el mundo sin sus avances?
¿Consentimos un mundo sin la genialidad de estos hombres? Creo que a todos se
nos viene una palabra clara a la mente: No.
»Y es por eso, porque el ser humano
teme soñar y liberarse de las opresoras cadenas de la tradición y de las normas
por lo que no somos capaces de avanzar. Se tacha de locura a todo lo que se
sale de lo convencional. A todo lo que dé una luz para el progreso de la raza
humana, en igualarnos y darnos a todos las mismas oportunidades sin distinción
de sexo, religión o creencias. Por estas cosas, somos solamente los más listos
de nuestro planeta. Pero pensar, abrir los ojos más allá de vuestras
cuadriculadas mentes. ¿Y si hubiéramos sabido seguir adelante? ¿Y si las
convicciones éticas, morales y monetarias no hubieran frenado nuestro avance?
»Atreveos a soñar. No os quedéis
estancados en lo que el momento, el ahora, y las pocas miras de la sociedad os
obligan a aceptar. Pensad, reíd, llorad, amad, dudad, arriesgad, ganad, perded,
conquistad; en definitiva, vivir la vida tan escasa que tenemos por delante.
Vivirla sin desperdiciar los valiosos momentos que tenemos. Vividla sin
ataduras, sin alienaciones sociales que os impidan expresaros. Decid a la mujer
que amáis cuanto la queréis. Dibujad aquello que tantas vueltas os da en la
mente. Componed aquellas sonatas que parecen tan utópicas. No os estanquéis.
Volad. Ser felices. Porque podéis conseguir todo lo que os propongáis. Porque a
veces, los sueños se hacen realidad.
Tras un breve momento silencio, la
sala abarrotada de gente comenzó a proferir un murmullo, que fue aumentando
rápidamente. Un par de duros golpes de madera contra madera suavizaron, calmaron
la situación y pusieron orden. El sujeto que había hablado, profirió una amplia
sonrisa al ver el alboroto que había causado ante su público pero una voz
autoritaria le sacó de su ensimismamiento.
—¡Silencio! Silencio. ¿Cómo se
atreve a evadir una pregunta tan directa? Conteste de una vez a la pregunta que
el letrado: ¿Por qué planificó y colocó la bomba en aquel vehículo público? ¿Es
usted consciente de que se llevó en su demencia a más de cincuenta almas
inocentes, entre ellas menores de edad?
El hombre volvió a sonreír
ampliamente, girándose para mirar directamente al juez que instruía aquel
amargo caso. Lo miraba a los ojos, compadeciéndose de su ignorancia. Despegó
sus labios, para exhalar una suave respuesta con el fin de que pudiera
comprender su punto de vista de una vez por todas.
—Hay veces que un gran cambio, exige
grandes sacrificios.
La sirenita
Era
un día negro y nublado. La mar estaba embravecida y se hacía difícil salir a
navegar con aquel oleaje. Pero debía hacerlo, no podía resistirme a aquella voz
que me susurraba a través del viento que fuera a su encuentro. Qué me obligaba
a cogerlo todo e ir a su encuentro, sin importar las consecuencias. La barca,
una pequeña nave de pesca, iba a ser mi confidente aquella noche tormentosa.
Tenía que ser rápido si quería esquivar la inminente tormenta.
Cuándo
me quise dar cuenta, ya estaba navegando a través de las olas furiosas. Presagios
que me advertían de la locura que estaba llevando a cabo. La voz me guiaba. La
voz que provenía del rugido del viento. La voz que se estrellaba en la mar con
cada rayo, con cada gota que caía en las fuertes olas. Una voz cálida, sensual,
cargada de promesas y anhelos. De sueños, de esperanzas. Una voz que sonaba al
hogar. Abrí el medallón de la brújula, para orientarme en la mar. En el compartimiento
de al lado, una foto de mi esposa miraba a través del cristal, desaprobando
aquella aventura en la que me había metido. Cerré el medallón y suspiré.
Aquella dulce voz calmaría todos mis males.
Pasaron
las horas, y había estallado la tormenta. Los focos del barco apenas conseguían
iluminar un poco la mar enfurecida. Me sentía como esos aventureros abriéndome
paso por la selva, a tajo de machete entre la maleza en busca de grandes
tesoros. Pero yo no tenía un machete, ni valor, ni me enfrentaba a misterios
ocultos entre árboles milenarios. Estábamos solos, yo con mi barco, abriéndonos
paso a trompetazos entre una jungla de olas de agua, y la petaca de vodka para
infundirme el valor que me faltaba. El valor para ir hacia la melodiosa voz que
sonaba en mi cabeza. Dulce, sensual, prodigiosa. Era ella la que me empujaba a
saltar del precipicio. La que me había sacado de la cama para ir en su busca.
Por ella, parecía que merecía la pena jugarse el pellejo.
Amanda,
o como quiera que llamase al barco cuando lo compré, resistía a duras penas los
envites que la mar le propiciaba. El vodka se había acabado, y mis esperanzas
por encontrar a la portadora de tal prodigiosa voz se escapaban, cuando a lo
lejos, la luz de un faro me devolvió la esperanza. Parecía extraño pues los
mapas de navegación no decían nada de que allí hubiera construido uno. Quizá la
marea me hubiera desviado más de lo que pensaba. Viré todo a estribor para
poner rumbo a la única salida que tenía de salir de aquella locura. Al cambiar
de rumbo, una ola más fuerte de lo normal golpeó con fuerza a la embarcación,
haciendo que se apagara el generador eléctrico. Tuve que avanzar hacia allí,
con la luz que emitían los rayos. Con cada yarda que avanzaba, la luz parecía
convertirse en sonido. Un sonido dulce y angelical... el sonido de la voz divina.
Sonreí. Por fin la suerte comenzaba a iluminarme. La voz comenzó a envolverme,
a embriagarme con su melodioso eco, pasando de luz, a sonido, y de sonido a mi
sangre. Cerré los ojos, extasiado. Sonriente. Al fin lo había conseguido.
Al
volver a abrirlos allí estaba ella. Llamando, haciendo un gesto para que fuera.
No dudé en poner a Amanda a pleno rendimiento. No dude en ponerme el
chubasquero y salir a Proa para verla de cerca. Era bella como la nieve en
invierno. Sus ojos azules recordaban a la mar en sus mejores tiempos. En ellos
te podías perder, encontrar... podías incluso vivir de ellos si te lo
propusieras. Observé su pálida tez y su piel blanca como la espuma. Suave,
salada, de esas veces que invitan al baño en la arena y aquellas escamas...
¿Escamas?
Un
rayo me sacó de mi aturdimiento iluminándome la zona. La mujer se sostenía
entre unos riscos de rocas afiladas en mitad del mar. Su cuerpo... el segundo
rayo me dio una perspectiva real de su cuerpo. Su cuerpo monstruoso estaba
formado por una cola que ni los cachalotes podrían haber imaginado. Y esa
lengua... esos dientes adornados en aquellos dulces y apetecibles labios
morados. Intenté frenar la barca, pero ya era tarde. Me tenía atrapado en su
hechizo. En los brazos de aquél fatídico desenlace. Para cuando me quise dar
cuenta, mi sangre roja hacía juego con sus lánguido cabello. Cerré los ojos y
esperé, deseando que la criatura, acabará pronto de devorarme.
jueves, octubre 17, 2013
Oda a los macarrones
Hola de nuevo querido lector. Siento haber estado algo apagado últimamente pero la inspiración es una amante caprichosa, y no parezco ser digno de dicho capricho. No obstante de vez en cuando se puede forzar algo las cosas para sacar cosas extrañas como la que os presento hoy. Algún loco podría calificar esto como poesía pero por respeto a la métrica tradicional lo dejaré como una anécdota alocada y graciosa de las mías. Juzgar vosotros mismos el canto a los macarrones.
¡Oh macarrones! Comida de campeones.
Redondos o rizados, quedáis tan bien combinados...
Con tomate o mozzarella, atún o mahonesa ¡Qué buena pinta
tienen sobre la mesa!
Y en ensalada... ya sea en invierno o en verano, es un
manjar hasta para el más anciano.
Por eso los macarrones se merecen las mejores canciones,
porque aprueban con honores, todas sus raciones.
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